
2635 km en coche, 1200 km en avión. Poco menos de 4000 km en 21 días, que, a ritmo constante, sería haber estado en movimiento continuo a unos 8 km/hora desde el momento del aterrizaje. Añádanle a esto los 26000 km de ida vuelta Valencia – Buenos Aires, vía Fráncfort.
Pero antes de empezar a sumar kilómetros hubo un instante en que pensé que no recorrería ni los primeros metros fuera del aeropuerto de Buenos Aires. Pocos minutos antes de aterrizar, busqué el pasaporte para tenerlo a mano y no apareció. Recordaba perfectamente haberlo guardado en el bolsillo exterior de la bolsa de mano antes de dormirme. O eso creía. Vacié la bolsa, palpé el asiento, miré debajo y acabé buscando incluso en la maleta, donde sabía que era imposible que estuviera. La azafata preguntó si alguien había encontrado un pasaporte. Nadie. Me animó a mirar otra vez: a ella ya le había tocado ver uno de esos casos en los que el documento acababa apareciendo en el equipaje del pasajero. Miré. Nada.
Ya en tierra, resignado a que mis vuelos transatlánticos de este año tenían algo contra mí, consulté a Gemini para saber qué trámites me esperaban. Según la respuesta, tendría que contactar con un responsable de Lufthansa, denunciar la pérdida ante la policía del aeropuerto, pasar por inmigración con esa denuncia y dirigirme después a la embajada española en Buenos Aires a solicitar otro pasaporte. No era precisamente el programa que Pablo me había preparado para el primer día. Mientras esperaba al responsable de la compañía, volvió a pasar la azafata. «¿Seguro que has buscado bien?». Abrí de nuevo la bolsa y entonces descubrí que tenía un segundo bolsillo externo, en la parte trasera. Metí la mano, palpé el pasaporte y me cuesta describir la sensación de alivio que tuve.
En el aeropuerto me esperaba Pablo Romanazzi, anfitrión, organizador de las visitas y, como comprobaría a lo largo de las tres semanas siguientes, una persona capaz de encajar en una agenda reuniones, conferencias, museos, carreteras y más comidas de las que un ser humano debería aceptar sin entrenamiento previo.
Buenos Aires: reuniones, escenarios y primeras comidas
El primer compromiso fue con Pablo Bereciartua, ministro de Movilidad e Infraestructura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires —CABA, para ahorrar tiempo y saliva—. Hablamos de los problemas de abastecimiento de agua potable de una ciudad de unos tres millones de habitantes. En la antesala charlamos con el director general de Obra Pública y Arquitectura y con el jefe de gabinete del ministro. Nos explicaron con detalle la demarcación de CABA y varios proyectos en marcha; uno concernía el suministro de agua potable, desde el acuífero subyacente, a un complejo penitenciario en construcción y los problemas que les estaba planteando. Nada como empezar el viaje con una conversación sobre captaciones subterráneas.

Entre una reunión y la siguiente, Pablo me enseñó algunos de los lugares que uno espera ver en Buenos Aires y otros que, sin él, quizá se me habrían escapado: el Teatro Colón, el Obelisco, el Palacio Barolo, el Mercado de San Telmo, el cementerio de la Recoleta, la Casa Rosada, la plaza donde se reúnen las Madres de Plaza de Mayo, la Catedral Metropolitana, con los restos del general San Martín, Caminito y, cómo no, el estadio de Boca Juniors.







Pablo consiguió, gracias a sus contactos, entradas para el estreno mundial de Principio de éxtasis, un ballet de danza contemporánea en el Teatro Colón. Fue uno de los momentos culturales del viaje. Previo al comienzo de la función, el jefe de taller del Teatro Colón nos contó que los artesanos del teatro producen por sí mismos todo lo que necesitan para las obras que allí se representan. Lo que propició la visita a Colón Fábrica, un gran espacio donde se conservan y exhiben escenografías, utillería y piezas construidas para los espectáculos. Allí pudimos ver desde las maquetas iniciales hasta los decorados ya montados, acompañados de fragmentos grabados de sus representaciones.




Pablo también se ocupó de mi educación alimentaria: bife de chorizo, choripán y sándwiches de miga. Así empezó un sufrimiento gastronómico que se prolongaría tres semanas y al que, por pura cortesía científica, no me negué. Antes de salir de Buenos Aires le pedí que pasáramos por la calle Arribeños, a ver el edificio asociado a El encargado, la serie protagonizada por Guillermo Francella que llegó a provocar una disputa con el sindicato de encargados. Hay visitas que se organizan por su valor arquitectónico y otras porque uno ha visto una serie.

San Antonio de Areco: hojas de cálculo, gauchos y plateros
De Buenos Aires pusimos rumbo a San Antonio de Areco, que se presenta con orgullo como capital de la tradición argentina. Después de la cosmopolita CABA, el contraste es inmediato: casas bajas, una relación todavía muy visible con el mundo del caballo y hasta lugares donde sujetar las riendas si a uno le diera por acercarse al cajero montando su equino. Cada año se celebra allí la Fiesta de la Tradición, con cientos de gauchos —facón incluido— y público dispuesto a recordar unos usos y costumbres que en Areco no parecen haberse quedado únicamente en el museo.
Areco es también la sede de la Universidad Nacional de San Antonio de Areco (UNSAdA), una universidad joven en la que Pablo enseña e investiga. El primer día retransmitimos un seminario en línea organizado por el Instituto Argentino de Recursos Hídricos (IARH) sobre uso sostenible de acuíferos. Presenté el caso de la Mancha Oriental, al que llevamos dedicando muchos años de trabajo, y la recepción fue estupenda. La grabación debería estar disponible en YouTube: https://tinyurl.com/43dfv57n
Aquella noche cené con el rector de la UNSAdA, Jerónimo Ainchil, una parrillada argentina como es debido. Empezamos por las achuras —la casquería de vacuno: chinchulines, molleja y riñón— y continuamos con tira de asado y entraña. Ese mismo día se había anunciado la apertura del Beihang Valencia Polytechnic Institute, de modo que buena parte de la conversación fue sobre este proyecto, su gestación, y su rápida implementación, convirtiendo a la UPV en la primera universidad pública española con un campus fuera de España. También hablamos, de convenios de doble titulación para doctorandos: la UNSAdA comienza este año su programa de posgrado, centrado en un doctorado general en Ciencia y Tecnología. En él participan Pablo y, desde nuestro grupo de Hidrogeología de la UPV, Eduardo Cassiraga.
Al día siguiente me tocaba hablar ante estudiantes y personal de la UNSAdA en el auditorio del Rectorado, instalado en un antiguo colmado rehabilitado que ha conservado su suelo empedrado. Pero la tarde anterior se convocó un paro general y durante un rato no estuvo claro si la conferencia se mantendría. Se mantuvo. La asistencia de estudiantes, a quienes iba especialmente dirigida, fue nula, y la del resto del personal, bastante menor de lo previsto. No es la forma ideal de llenar una sala, pero sí una razón bastante comprensible. Conté lo que hemos aprendido en tres artículos de Mathematical Geosciences sobre el uso de hojas de cálculo para resolver la ecuación de flujo de agua subterránea: herramientas sencillas para enseñar problemas que no tienen nada de triviales y con alto potencial didáctico. La grabación de la conferencia en el canal de la UNSAdA permite verla en diferido. Espero que los estudiantes a los que iba dirigida puedan disfrutarla.

En la parte cultura, visitamos el Museo Gauchesco Ricardo Güiraldes. Su director nos habló de Güiraldes, de Don Segundo Sombra, de la pulpería vinculada al escritor y de los objetos gauchos expuestos allí. La conversación no terminó entre vitrinas: habían preparado unas milongas interpretadas por Don Óscar, un gaucho que hasta hace poco llevaba la bandera en el desfile de la Fiesta de la Tradición. Nos contó que algunas las había escuchado a su abuelo y que otras eran suyas. No se me ocurre mejor audioguía para aquel museo.

Para completar la inmersión probé por primera vez la yerba mate y compartí mate y bombilla con quienes nos acompañaban. Había también torta frita, que me recordó la torta frita parmesana. Más tarde visitamos la platería de uno de los artesanos más reconocidos de Areco, autor incluso de piezas para dignatarios que visitan Argentina. Trabaja en el taller que heredó de su padre; ahora también lo hace allí su hijo. Charlamos un buen rato sobre el tiempo que exige hacer una pieza a mano. Nos confesó que a veces se pregunta si compensa dedicar un mes a un brazalete cuando hay piezas industriales cada vez más parecidas. De momento distingue unas de otras sin dificultad. Lo que no tiene tan claro es cuánto tiempo seguirá siendo posible.


La Plata y Mar del Plata: geometría e «HidrogeologIA»
El primer fin de semana lo pasé en La Plata. Si tengo que elegir una sorpresa urbanística de este viaje, me quedo con esa ciudad. Se concibió desde cero como capital de la provincia de Buenos Aires, por iniciativa de Dardo Rocha y con el trabajo del Departamento de Ingenieros; no hay que confundir la provincia con la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, por más que compartan nombre. Sus calles forman una cuadrícula atravesada por diagonales y salpicada de grandes plazas aproximadamente cada 600 metros. Hay una voluntad de ordenar el espacio que se ve incluso cuando uno no lleva un plano en la mano.
En la Plaza Moreno, centro de ese trazado, se enfrentan la Catedral, neogótica y de una escala difícil de ignorar, y el Palacio Municipal. La catedral buscaba inspiración en las grandes iglesias europeas —me vino a la cabeza la de Colonia—, pero lo que más me fascinó fue el conjunto de la ciudad: una idea dibujada en papel que terminó convertida en una forma de vivirla.


La razón que articulaba toda mi gira era la invitación al XIII Congreso Argentino de Hidrogeología y IX Seminario Hispano-Latinoamericano sobre Temas Actuales de la Hidrología Subterránea, celebrado en Mar del Plata y organizado por Daniel Martínez del Instituto de Geología de Costas y Cuaternario. Para la ocasión preparé «HidrogeologIA» —me gustan los títulos cortos, no puedo evitarlo—: seis ejemplos de aplicación de inteligencia artificial a la hidrogeología en los que hemos trabajado en el grupo de la UPV. La charla fue muy bien recibida y acabó con una animada sesión de preguntas. También me reuní con la junta directiva del grupo argentino de la Asociación Internacional de Hidrogeólogos, presidido por Eduardo Kruse. Querían saber cómo gestionamos el grupo español y cómo conseguimos atraer a los socios y, sobre todo, que sigan queriendo estar.



El congreso se celebró en el Museo MAR. A su entrada está el gigantesco Lobo de Alfajores de Marta Minujín, una artista muy dada a las obras efímeras. El lobo se revistió originalmente con 50.000 envoltorios de alfajores Havanna. En una intervención posterior se retiraron y parte de ellos pudo canjearse por alfajores; la piel que hoy permanece es de aluminio. Me parece una manera muy argentina de hacer que una escultura entre, literalmente, en la conversación gastronómica.

De la vida cultural de Mar del Plata fuera del museo no puedo contar gran cosa. El primer día el viento y la lluvia nos dejaron en el hotel; el segundo y el tercero los dedicamos, sobre todo, al congreso. Una ciudad de mar con mal tiempo y una agenda de sesiones científicas puede quedar reducida a trayectos muy cortos entre edificios. Otra vez los ocho kilómetros por hora, pero bajo techo.
Tandil: nitratos y una cita con René Lavand
Desde Mar del Plata fuimos a Tandil, una ciudad de unos 150.000 habitantes donde el abastecimiento tiene un problema serio por la presencia de nitratos en aguas del acuífero Pampeano. Nos explicaron que están mezclando agua de pozos afectados con la de otros de mejor calidad; esa solución no puede sostenerse indefinidamente. Conviene decirlo con precisión: hablábamos de los problemas de determinadas captaciones, no de que cada grifo de Tandil dé agua fuera de norma.
Nos reunimos con Santiago Romero, director general de Obras Sanitarias, y con su equipo. Discutimos la posibilidad de construir un modelo numérico del acuífero con el que estudiar medidas para seguir utilizándolo en el abastecimiento y comparar escenarios de actuación. Salimos con el compromiso de preparar una propuesta. Tendría una utilidad muy concreta: ayudar en la revisión del sistema sanitario de la ciudad para los próximos 50 años. Hay reuniones de las que se sale con una foto; de esta salimos también con deberes.

Camino de Tandil me enteré de que allí había vivido René Lavand, el mago argentino que convirtió su destreza con una sola mano —perdió un brazo de niño— en un arte inconfundible. Como aficionado a la magia, no podía irme sin pasar por el jardín detrás del edificio municipal y hacerme una fotografía sentado junto a la estatua que le dedicaron. Al día siguiente de nuestra partida se celebraba un homenaje en el teatro principal de la ciudad. En cualquier caso, no habríamos podido asistir: las entradas estaban agotadas.


Córdoba: otra «HidrogeologIA» y mucha historia
Regresamos a Buenos Aires para tomar un avión a Córdoba. El segundo fin de semana, antes de mi presentación en la UTN, lo pasamos allí. Aprovechamos para visitar la estancia jesuítica de Alta Gracia, con su iglesia y los edificios que aún se conservan, y acercarnos después a Villa General Belgrano. La localidad ya lucía los preparativos del Oktoberfest del fin de semana siguiente; uno pasa de la historia jesuítica a los banderines y los barriles en bastante menos de lo que tarda en preparar una conferencia.



Allí nos esperaba la Facultad Regional Córdoba de la Universidad Tecnológica Nacional (UTN) para una nueva charla sobre inteligencia artificial e hidrogeología. Nos recibió el profesor Juan F. Weber, responsable de una nueva especialización en hidroinformática que iniciará su andadura el próximo año, en la que participan también Pablo Romanazzi y Eduardo Cassiraga. Hubo buena asistencia, preguntas interesantes y ocasión de seguir estrechando la relación entre la UTN cordobesa y la UPV.


Córdoba presume, con razón, de la universidad más antigua de Argentina, fundada por los jesuitas. Su Manzana Jesuítica conserva espacios y testimonios de aquella época. También paseamos por el Paseo de las Artes, en Güemes, especialmente por la calle Belgrano y alrededores: puestos ambulantes, mucho movimiento y un respeto evidente por el trabajo de quienes hacían y vendían allí sus piezas.


Otra visita que recomiendo es el Museo Evita Palacio Ferreyra, tanto por lo que contiene como por el propio edificio. Han integrado las salas en la antigua casa señorial sin borrar su carácter. Entre las exposiciones me impresionó la del colectivo Mondongo: una instalación de 45 metros, distribuida en paneles que envuelven al visitante con un paisaje de vegetación extraordinariamente realista. Lo que a primera vista parece pintura resulta ser plastilina. Saber el material no hace que la obra pierda misterio; más bien obliga a acercarse otra vez para comprobar que los ojos no le están tomando el pelo a uno.


Mendoza: rectas, agua, vino y aceite
De Córdoba salimos en coche hacia Mendoza, casi 800 kilómetros atravesando zonas semiáridas y rectas que parecían no tener intención de acabar. Uno empieza contando kilómetros y termina negociando con el horizonte. Mendoza es la gran provincia vinícola argentina, patria de buenos Malbec y de otros vinos a los que tampoco hicimos ascos.


Nos esperaban en la Subgerencia Centro Regional Andino del Instituto Nacional del Agua (INA). Nos reunimos con su subgerente, Santiago Ruiz Freites, y con un buen número de responsables de área. Intercambiamos experiencias sobre gestión del agua y mostraron especial interés por lo que la inteligencia artificial puede aportar a los recursos hídricos. Quedamos en celebrar pronto una reunión virtual, ya con tiempo para entrar en detalles, y estudiar la posibilidad de un convenio entre el INA y la UPV. La carretera había sido larga, pero la conversación justificó el viaje.



No podíamos dejar Mendoza sin entrar en una bodega. Elegimos la de Carmelo Patti, y aquello no se pareció a las visitas organizadas a las que estoy acostumbrado en España. Nos recibió el propio Carmelo, nos contó anécdotas y nos enseñó premios y reconocimientos de sus vinos. La cata tampoco tuvo mucho de ceremonia: una copa de cada uno de los tres vinos y una pregunta sencilla, «¿os gusta?». A mí su Malbec me pareció excelente; él no ocultó que considera su Cabernet Sauvignon el rey de la casa. No discutí: visitar la bodega de Carmelo Patti para llevarle la contraria a Carmelo Patti habría sido empezar mal.


Visitamos también la olivícola Laur, que había encabezado durante tres años consecutivos el EVOO World Ranking de productores de aceite de oliva. Allí nos hablaron del aceite ganador, un virgen extra con una acidez inferior a 0,1°. La empresa elabora asimismo aceto a través de Acetaia Millán, una instalación mendocina certificada por el Consorcio del Aceto Balsámico de Módena. Durante la visita nos contaron sus planes para su primera remesa, después de quince años de elaboración. Entre vino, aceite y aceto, la expresión «trabajo de campo» empezaba a adquirir otro significado.

De Mendoza regresamos a Buenos Aires para emprender la vuelta a España. He hablado ya de la parrillada, pero sería injusto dejar fuera de la memoria del viaje la pizza, la fugazzeta, el cordero patagónico, los alfajores, la milanesa y unos cuantos platos más que ahora no soy capaz de enumerar. En tres semanas he practicado una forma de investigación empírica que no sé si podré justificar en ningún proyecto.
Y cierro con una observación que quizá explique mejor que ninguna otra hasta qué punto el mate acompaña la vida cotidiana argentina. Entré en unos urinarios públicos y vi, sobre los separadores, una bandeja cuya única función plausible me pareció servir de apoyo al mate que uno lleva a todas partes. Después de 2635 kilómetros de coche, 1200 de avión y una búsqueda internacional de pasaporte que terminó en el bolsillo trasero de mi propia bolsa, todavía me faltaba aprender dónde dejar la bombilla.














































































