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iPad: Addendum

Events de iPhoto en iPad

Se me olvidó comentar una sensación que he experimentado en los pocos días que tengo el iPad: ¡qué difícil es volver al iPhone para hacer aquello que parecía revolucionario hace solo unos días! como navegar por Internet, leer el correo o buscar el mejor trayecto para volver a casa. No dejas de pensar en que eso mismo podrías estar haciéndolo en el iPad….

Como comenté, la anterior entrada no es una crítica al producto sino un volcado de mis sensaciones como usuario del nuevo artilugio de Apple. Pero me han pedido que comentara los tres puntos por los que más se ha criticado al ipad desde su aparición: la no disponibilidad de un puerto USB, la carencia de multitarea, y la falta de soporte de Flash. Sobre esta última no voy a decir nada, ya se han escrito ríos de tinta sobre la misma, incluido el propio Jobs. Sobre la multitarea diré que, efectivamente, la experiencia (mística) lo sería aun más si se pudiera cambiar de programa sin tener que salir de uno y entrar en otro, aunque esto parece que está a punto de resolverse con el nuevo sistema operativo, y sobre el puerto USB, ¿qué decir? Si es para un lápiz de memoria ya tengo Dropbox, si es para periféricos –que le quitarán parte del encanto a la relación íntima entre el usuario y el aparato– ya hay un puerto y están empezando a proliferar los periféricos que lo utilizan.

En resumen, creo que son críticas que no menoscaban lo más mínimo la calidad del innovador producto que le valió a Steve Jobs la portada de la mayor parte de los periódicos del mundo.

iPad: no es un pájaro, no es un avión, NO es Superman

Photos en el iPad

Es el iPad. El viernes 23 de abril, a las 17:30 me escapaba del ensayo del coro de «La fille du regiment» para recoger el paquete que el mensajero de Fedex sujetaba frente a la puerta de la Escuela de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Valencia. Tras mis llamadas, esa misma mañana, al servicio de atención al cliente de Fedex, ya me había hecho a la idea de que no llegaría hasta el lunes, con lo que la recogida del paquete fue particularmente reconfortante, aún cuando me acabaran cobrando 25 euros adicionales de gastos de aduana que, supuestamente, estaban incluidos en el envío.

Allí estaba yo, en la calle, con mi paquete de Fedex sin abrir, y con la obligación de regresar al ensayo, que todavía duraría unas tres horas más. Aunque estuve tentado de abrir el paquete allí mismo y ver su contenido, decidí ir al coche, dejarlo en el maletero, y volver al ensayo. Era el feliz poseedor de un iPad, pero nadie lo sabía, y no podía compartirlo con mis compañeros de ensayo, que estaban (estábamos) concentrados en las indicaciones del director. Me sentía, salvando las distancias, como aquel infame 23 de febrero, cuando en el descanso de la clase de Derecho Administrativo unos pocos nos enteramos de que acababan de entrar unos guardias civiles en el Congreso, y yo decidí inmediatamente abandonar «el poli» y regresar a casa; en el trayecto de autobús tuve esa extraña sensación de que yo tenía información a la que los de mi alrededor eran ajenos, y sentía la necesidad de compartirla. Afortunadamente, este 23 de abril, la información que tenía y quería compartir era mucho más frívola y de menos alcance.

Ya llegó, ya está aquí

No fue hasta las 22:30 que abrí el paquete. Encima de la mesa de la cocina hice las primeras fotos, y comuniqué la buena nueva al mundo. Desde entonces he estado trasteando con el aparato. Éstas son mis primeras experiencias.

El iPad ni es un pájaro, ni es un avión, ni es Superman, tampoco es un ordenador, ni un lector de libros electrónicos, ni un teléfono de última generación, ni un iPod Touch con esteroides. El iPad es… una experiencia mística. Seguro que soy parcial, y mi pasión por los productos de la factoría Apple –pasión sostenida desde que pudiera comprarme un Macintosh Plus en enero de 1986— hace que exagere algunos de mis calificativos. El que he comprado es el de 32 GB, con WIFI y, por supuesto, sin 3G, el único modelo que les quedaba a los de DontRetail.com cuando hice el pedido. Lo desembalo, lo enciendo y lo primero que aparece en la pantalla es una imagen del cable USB y la indicación de que hay que conectarlo al ordenador para activarlo a través de iTunes. La misma imagen que en el iPhone, pero más grande. Primer momento de desasosiego, ¿detectará iTunes que estoy intentando activarlo desde un ordenador en un país en el que todavía no se distribuye? Si Apple fuera la SGAE seguro que ese mero hecho provocaría un borrado automático de los contenidos del iPad y la aparición de la cara del Tío Sam señalándome y diciendo «You’re being watched». De todos modos, el desasosiego es menor, porque tengo instalado «Hotspot shield» un programa que te da acceso gratuito a una «Virtual Private Network» que te despacha una IP americana, y caso de que iTunes reconozca mi IP como española y eso sea un inconveniente me disfrazaría como americano parapetado tras mi Hotspot. (Nota al margen: «Hotspot shield» es genial si quieres tener acceso a contenidos americanos a los que sólo se puede acceder desde EE.UU. como por ejemplo «Late Show with David Letterman«, quien el 1 de abril hizo una parodia con el iPad como sólo él sabe hacer.)

Conecto el iPad al ordenador, lanzo iTunes, reconoce el iPad, pide que le de un nombre, salto el proceso de registro e inmediatamente aparece una pantalla en la que me pide si quiero restaurarlo a partir de una de las copias de seguridad del iPhone. En este momento dudo qué hacer, restaurar desde el iPhone supone que copiará las preferencias del iPhone, las cuentas de correo, las canciones, ¿copiará también los programas que tengo instalados en el iPhone?… Todavía no he cenado (información importante) así que acepto la restauración desde el iPhone y que se complete mientras como algo; si algo sale mal, todavía no he hecho nada con él así que puedo hacer una puesta a cero a través de iTunes. «Sync in progress.» «Time for dinner.»

Con la luz apagada para evitar los reflejos

Vuelvo de la cena, Inma me mira desde el sofá sabedora de que hoy no me voy a sentar a ver ninguno de los capítulos que nos queda por ver de la cuarta temporada de «Dexter» y me pregunta ¿qué tal va?. Pues va bien, aparentemente. La sincronización ha terminado. Hay un diálogo que me informa de que ha habido problemas sincronizando ciertas canciones (ya lo sé, son los archivos midi que uso para los ensayos y que no se pueden reproducir ni el iPhone ni el iPad). En las preferencias ahora tengo definidas las mismas opciones que en el iPhone, se han copiado las fotos de iPhoto, y las canciones de iTunes, las marcas de Safari, y poca cosa más. No hay programas nuevos, no hay cuentas de correo definidas, así que investigo las distintas pestañas de iTunes que aparecen tras seleccionar el iPad, parece que por defecto todo (¿menos las fotos y las canciones?) está marcado como que no debe de sincronizarse. Así que decido hacer una sincronización de unas pocas aplicaciones del iPhone –las que sé que no van a dar error de sincronización– y de la agenda de contactos. Sin problemas. Accedo a la WIFI. Lanzo algunos programas: Photos, Safari, Maps, Video, iPad, … funcionan igual que cuando el iPad estaba en el regazo de Steve Jobs durante la presentación del producto. De hecho, me sorprende que funcionen exactamente igual y que prácticamente todas las características novedosas de estas aplicaciones con respecto a sus equivalentes en el iPhone ya nos las hubiera enseñado Steve en la presentación, no dejando nada por descubrir.

Siguiente paso, configurar correo y agenda a través de Exchange con mi cuenta de gmail. Aquí surgen algunos problemas. Configuro la cuenta de gmail a través de las preferencias, tal y como ya lo hice en el iPhone, pero cuando lanzo Mail sólo veo la estela dando vueltas y el mensaje «Checking for Mail…» pero nada pasa. Navego por internet a ver si hay algo específico para el iPad que no estoy haciendo, pero no encuentro nada. La conexión a internet es buena, puedo leer mi correo a través de Safari usando la nueva interface que Google ha diseñado para el acceso desde el iPad. No consigo resolverlo. (A la mañana siguiente, el correo está perfectamente configurado, el icono de Mail muestra el número de mensajes por leer, están todas las carpetas, …)

Siguiente paso, conseguir iBooks. Una de las razones por las que compro el iPad es para usarlo como lector de libros electrónicos, tanto en formato texto, epub, o similar, como en formato pdf. Pero iBooks no viene de serie con el sistema. Durante la sincronización con la información del iPhone, la Apple ID ha sido cargada al iPad. Lanzo la AppStore, parece que empieza a cargar, pero antes de que aparezca nada en pantalla salta un mensaje de aviso diciendo que la AppStore no está disponible en este país. Lo reintento varias veces sin éxito. Lo intento desde el Mac, voy a la iTunes Store y busco iBooks, ni rastro del lector de libros de Apple, salen un par de referencias irrelevantes. Está claro que hasta que no se ponga a la venta el iPad en España no va a ser posible descargar programas para el iPad. Entonces, recuerdo una entrada en abrefacil.net donde explicaba cómo darse de alta una cuenta en el AppStore americano sin necesidad de tarjeta de crédito. Lo intento desde el iPad, pero no es posible. Lo intento desde el Macbook, elijo la opción de «no especificar el medio de pago», coloco una de las direcciones que tuve en EE.UU. cuando vivía allí, e, increíblemente, funciona. (Más tarde volvería a intentarlo para dar de alta otra cuenta, y ya no pude, la opción de dar de alta la cuenta sin especificar el medio de pago no volvió a aparecer, que alguien me lo explique.) Encuentro la iBooks, que descargo, y unos cuantos programas gratuitos más.

iBooks descargado

Abro el iBooks, en la estantería viene el libro de Winnie-de-poh, que hojeo. Muy agradable de leer, un contraste excepcional, puedes jugar con el tamaño de letra, con la orientación de la página, marcapáginas, …. Pero, ¿qué es esto? ¿estas bandas sombreadas junto a uno de los bordes de la pantalla? En la imagen podéis ver a qué me refiero, no sé si es un problema de mi aparato en concreto o ocurre en todos ellos, pero esa imposibilidad de conseguir un blanco uniforme en los bordes de la pantalla me recuerdan a los primeros monitores de cristal líquido.

mala retroiluminación

He oído hablar del GoodReader como un excelente lector de pdfs. Ya he podido comprobar que la lectura de pdfs va a ser buena tras enviarme alguno por correo como adjunto, pero el lector integrado del sistema operativo no te permite pasar página a página como si estuvieras leyendo un libro, entre otras cosas. Intento comprarlo en al AppStore, pero en el momento de la descarga solicita un medio de pago. Le doy mi tarjeta de crédito y una dirección postal en EE.UU., tras unos segundos me informa que «la información proporcionada por su banco no coincide con la que aporta», pienso que a lo mejor es el nombre, que no he puesto los dos apellidos ni el nombre compuesto, lo intento de nuevo, sin éxito. Así hasta cinco veces con distintas tarjetas de crédito y distintas combinaciones de los campos obligatorios. Y hasta cinco veces la AppStore me impediría comprar GoodReader. (A la 9:00am del día siguiente, suena mi iPhone, son del sistema antifraude de tarjetas de crédito de RuralCaja, que han detectado cinco cargos de 1 euro en dos de mis tarjetas en el App-iTunes y que querían comprobar si las había hecho. Se encienden las alarmas. Pero, si no pude comprar nada de nada, ¿cómo que me han cargado cinco euros? Además, el GoodReader no llegaba a un euro. Parece ser que en cada solicitud de verificación de tarjeta de crédito, la AppStore solicita la autorización de un cargo de una unidad de moneda del país de emisión de la tarjeta, aunque después no compensa el cargo.) Cansado me desconecto de la tienda americana y vuelvo a reconectarme a la española.

No GoodReader. Busco la página web de GoodReader en el Mac, leo las bondades del lector, y pincho (no se por qué) en el botón de descarga. Automáticamente se abre iTunes en el Store español y muestra las versiones disponibles del programa: para iPhone y para iPad. Pulso en descargar la versión del iPad y, maravilla de las maravillas, GoodReader se descarga al ordenador. Inmediatamente sincronizo el iPad y allí está. Descubro, por tanto, que la tienda española también tiene aplicaciones para el iPad, aunque no esté el iBooks, ni ninguna de las aplicaciones de iWorks. GoodReader funciona de maravilla y como lector de libros en pdf se comporta como tal. ¡Qué gusto poder leer un libro de texto con ecuaciones o un cómic, magnificar la imagen para ver los detalles, y pasar página con un simple golpe en el inferior de la pantalla!

Pruebo las aplicaciones del iPhone que se han instalado. Se abre una pequeña ventana en el centro del iPad, un poco más grande que la pantalla del iPhone. Al pulsar el botón 2x se amplifica hasta ocupar toda la pantalla pero la degradación de la imagen y el pixelado son evidentes. Las aplicaciones funcionan, pero para un producto de diseño, el tener que trabajar con tan mala calidad de imagen le resta todo su encanto.

Skype for iPhone

Se me olvidaba comentar. En el momento en que instalé el iBooks, apareció un nuevo elemento en la columna izquierda de iTunes y una nueva pestaña cuando el iPad está seleccionado que dice «Books». La siguiente pregunta es, ¿puedo cargar los libros que estaba leyendo en el Kindle?. Sin problemas, con Stanza, se puede convertir una gran variedad de documentos a formato epub. Una vez creado el documento epub sólo hay que dejarlo caer en el recientemente aparecido icono «Books» en iTunes. Así que ya tengo acceso a cualquier libro del proyecto Gutemberg, o de la biblioteca virtual Cervantes.

Y, ¿cuáles son realmente mis impresiones?

A favor: Apple ha vuelto a crear un artilugio (todavía no encuentro el sustantivo que lo describe) con un diseño espectacular, y cuyo uso cambiará nuestros hábitos. El iPad responde con una rapidez y con una suavidad inigualables. Navegar por la red, leer un documento, ver una película, o un vídeo de YouTube, tienen ahora otro sentido. Las imágenes son brillantes, con un gran contraste, la rapidez con que el aparato responde a los gestos para hacer zum, el desplazamiento inercial de los objetos, la inexistencia de periféricos, es simplemente la experiencia (mística) de tú con tu iPad. No es una herramienta de trabajo, aunque se puede usar para trabajar. Es claramente una herramienta de entretenimiento. No es un teléfono, pero se puede usar como teléfono, acabo de instalar Skype (versión iPhone) para comprobarlo. Las aplicaciones que vienen de serie llevan la marca Apple y simplemente jugar con ellas es una experiencia en sí misma. Al no haber periféricos, no hay teclado, pero el teclado en pantalla, especialmente cuando se utiliza en apaisado, es tan cómodo como un teclado normal.

Reflejos

En contra: No me puedo creer el problema de retroiluminación en los bordes, esperaré a comprobar si es un problema específico de mi aparato. Echo de menos en el teclado el tabulador (para navegar entre campos) y la tecla de fijación de mayúsculas, y no me gusta cómo han resuelto el tema de los acentos. La ñ aparece en el teclado cuando seleccionas en las preferencias el teclado español, y las vocales acentuadas se eligen automáticamente cuando mantienes pulsada la tecla de la vocal por una fracción de segundo, pero esa espera, aunque corta, me resulta incómoda. Los casi 700 g de peso, se notan. No se puede utilizar con una mano durante mucho tiempo, e incluso con dos manos acaba cansando. Es por ello que en cuanto al iPad como lector de libros electrónicos, creo que para la lectura lineal de literatura voy a seguir utilizando el Kindle, es menos bonito pero pesa poco más de 250 g, el iPad lo usaré para la lectura de pdfs y de cualquier otro documento con profusión de imágenes, gráficos, tablas o ecuaciones. La pantalla con su alta capacidad reflectante se puede usar como espejo cuando la iluminación lo permite (los reflejos son bastante insufribles, vamos).

No es un ordenador, no es un teléfono, es un iPad.

iPad: aterriza como puedas

Ya llegó, ya está aquí

El pasado miércoles 14 de abril, pocas horas antes de que Apple anunciara que la distribución de los iPads fuera de los EE.UU. se iba a retrasar hasta finales de mayo, encargué un iPad a través del sitio de internet DontRetail.com, a las pocas horas me llegó la confirmación de que el pedido con número 562 había sido recogido por Fedex y que estaba de camino a Newark para su clasificación y despacho. Y muy poco después recibí un mensaje de Fedex indicando que el paquete ya había sido librado en Newark y que salía rumbo a su destino: entrega estimada el viernes 16 de abril antes de las 20:00h. Empezaba la cuenta atrás. Lo que yo no contaba era con la inoportuna intervención de las fuerzas de la naturaleza.

Al día siguiente en DontRetail.com ya no quedan iPads, la noticia de su retraso en la distribución fuera de América había hecho que los impacientes tecnoadictos que esperaban tener uno en sus manos en pocos días se lanzaran a la compra de los pocos que quedaban a la venta en lugares como DontRetail. Yo me frotaba las manos pensando que ese fin de semana podría tener uno en mis manos, cuando a un tal volcán Eyjafjallajokull, de impronunciable nombre y origen islandés, decidiera ponerse en erupción lanzando al aire una nube de cenizas que rápidamente se propagó por todo el noreste de Europa, desde Noruega hasta Rumania, pasando, entre otros, por el Reino Unido, Francia y Alemania y que, según los expertos, impedía el vuelo de los aviones. El resultado: la página web de Fedex empezó a informar de un retraso en el envío, primero de un día, luego de dos, hasta quedar en indefinido. No fue hasta el miércoles siguiente a la compra (y a la erupción del volcán), tras el comienzo de la reapertura de los espacios aéreos, que Fedex cambió su informe para indicar que el paquete ya había llegado a París y que desde allí se despachaba hacia España: entrega estimada, jueves 22.

Faltaba por sortear el problema de la entrega en la UPV. La Universidad Politécnica de Valencia, es una pequeña ciudad en la que todos los días nos concentramos entre alumnos, profesores y personal de administración y servicios más de treinta mil personas. Y aunque tiene un sistema de numeración de edificios que permite identificarlos, una historia es llegar al edificio 4E, después de encontrar un mapa de localización, y otra, muy diferente, es localizar la escuela, el departamento, y que haya alguien capaz de recepcionar el pedido. (Nótese que he evitado decir que el sistema de numeración permita identificar los edificios fácilmente, y que no he utilizado el edificio en el que está mi despacho, el 8G, la Ciudad Politécnica de la Innovación, como punto de entrega, porque en este edificio es imposible la localización de nadie, ni siquiera después de haber visitado personalmente el lugar de despacho.)

Nótese el maravilloso efecto espejo de la pantalla del iPad

Mis peores expectativas se cumplieron. El paquete llegó el jueves y se intentó su entrega a las 16:17 según reza en la página web de Fedex. El intento no sé en qué consistió porque en la secretaría del departamento (lugar indicado para la entrega en la dirección postal) no había constancia de que dicha entrega se hubiera intentado. Puesto al habla con atención al cliente (¿desde algún punto en Bangalore, India?) Sheyla me informa que el paquete será entregado el viernes, intento convencer a Sheyla que haga constar que el paquete debe de ser entregado por la mañana, sin éxito. Sheyla mientras tanto me pide que corrobore la dirección, yo no había caído que «Esc. de Caminos» se podía interpretar como «Escalera de Caminos» (¿dónde estará la escalera de caminos en la UPV?) y que el pedido venía desde EE.UU. donde las marcas diacríticas son como manchas en la escritura, así que «Dep. de Hidráulica» aparecía como «Dep. de Hidr ul», faltaban las últimas letras porque no cabían en la etiqueta y faltaba la á. En ese momento Sheyla estaba convencida de que la razón del fallo en la entrega habían sido los errores en la dirección. Fue entonces cuando previendo que el paquete tampoco se iba a entregar el viernes empecé a maldecir en islandés y Sheyla, que no me entendía, me dio los buenos días y me agradeció que usara los servicios de Fedex. Eran las 8:00 de la mañana del viernes, teóricamente el paquete no había sido vuelto a recoger de las instalaciones de Fedex en Ribarroja del Turia, y yo confiaba que la información precisa del punto de entrega que le había transmitido a Sheyla, incluido mi número de teléfono móvil, se adjuntara al paquete y éste llegara a mi poder esa mañana.

«El que espera, desespera», dice el refrán, y, aunque no estaba desesperado, sí que estaba molesto, Sheyla, al fin y al cabo, desde su cubículo de teleoperadora en Bangalore no tenía la culpa de la erupción del Eyjafjallajokull, pero en mi tarjeta de crédito ya aparecía el cargo de la operación de compra y cuando hice la compra se aseguraba la entrega en dos días. La gota que colmó el vaso llegó a las 14:45; yo le había dicho a Sheyla que la entrega debía de hacerse antes de las 15:00, quedaban quince minutos y la entrega no se había hecho. Así que volví a llamar a atención al cliente de Fedex, esta vez, se puso Cynthia, que muy amablemente me pidió el número de seguimiento cuando le pedí información sobre el estado del reparto de mi iPad. Cynthia, sin perturbarse ante mi reclamación por el no reparto antes de las 15:00, me dice que si no se entrega hoy se entregará el lunes. Le pido que se ponga en contacto con el repartidor (como si no supiera que eso es imposible, Cynthia está posiblemente en Jaipur, y desde allí no hay manera que ella sepa de mi paquete mucho más de lo que yo sé a través de la página web de Fedex), me dice que es imposible, que todas mis quejas quedan recogidas en el registro de incidencias, y que si el paquete no se entrega hoy, se entregaría el lunes.

Con la luz apagada para evitar los reflejos

Daba por hecho que ese fin de semana tampoco podría trastear con el nuevo cachivache (nótese que evito decir gadget, ya tengo bastante con usar iPad). El viernes por la tarde teníamos ensayo del coro de la ópera «La fille du regiment» de Donizetti, en el Conservatorio Superior de Música de Valencia, que, casual y afortunadamente está anejo al campus de Vera de la UPV. Justo en el momento que el director del coro hace un comentario a las féminas sobre la importancia de mover la lengua: «más lengua y menos boca»–dice, que resulta en un estruendoso barullo, mi teléfono móvil, que no había silenciado, suena estridentemente con un número que no tengo en la agenda. Es el repartidor de Fedex que está en el edificio 4E buscando dónde entregar un paquete dirigido a mi nombre. Le digo que no estoy en la UPV pero que puedo llegar al edificio 4E en menos de 10 minutos. El repartidor gentilmente accede a esperarse unos minutos y me avisa que la entrega lleva un gasto de aduanas de 25 euros. ¿Cómo?, ¿25 euros? la compra era gastos de aduana incluidos. Pero ¿qué son 25 euros después de la larga espera? Ya reclamaré el lunes y veré si me los reembolsan.

Para mis primeras impresiones sobre el iPad habrá que esperar a mi siguiente entrada.